¿De quién es la industria europea? La respuesta apunta cada vez más a Pekín

El Gobierno federal ha prohibido a COSCO entrar en la empresa de transporte de Hamburgo Zippel. Una nota confidencial del Gobierno, de la que se hizo eco el Handelsblatt, advertía del riesgo de crear dependencias que pudieran utilizarse como medio de presión en caso de conflictos políticos.
Este caso muestra hasta dónde ha llegado ya este debate. Hace tiempo que China ya no solo invierte en puertos y logística. Sus participaciones abarcan desde fábricas y tecnologías clave, pasando por empresas energéticas, hasta el procesamiento de materias primas y las plazas de comercio.
Esto se hace especialmente evidente justo donde Europa debería ser más independiente: en el ámbito de los metales críticos.
El germanio de Langelsheim, bajo control chino
En el caso de los metales tecnológicos como el galio, el germanio y el hafnio, no basta con tener un yacimiento. También es clave la capacidad de separar, purificar, reciclar y poner estos metales a disposición de la industria. Solo así se crea una capacidad estratégica de producción y transformación.
En la región del Harz hay una planta de este tipo. Hoy en día pertenece al cien por cien a un grupo empresarial chino. Vital Materials se hizo cargo en 2020 de las instalaciones del fabricante alemán PPM Pure Metals, que se había declarado en quiebra, en Langelsheim, y fundó Vital Pure Metal Solutions como filial al cien por cien.
Allí se producen y reciclan germanio de alta pureza, galio y otros metales tecnológicos. Se utilizan en semiconductores compuestos, óptica infrarroja, sensores y tecnología de imagen térmica. No se trata aquí de una participación minoritaria, como en la terminal de contenedores de Tollerort, en Hamburgo, sino del control total sobre una planta alemana con precisamente las capacidades que Europa necesita para ganar independencia.
También en Austria se está creando ahora una nueva capacidad para una materia prima crítica bajo control chino. El grupo tecnológico chino JP Tech está construyendo en Bad Leonfelden una planta de producción de hafnio de alta pureza, necesario, entre otras cosas, para la industria aeroespacial, los semiconductores y la tecnología nuclear. Con ello, Europa gana una nueva capacidad de procesamiento. Pero las decisiones sobre inversiones y capacidad vuelven a estar en manos de un grupo chino.
No es un caso aislado, sino una tendencia
La influencia china va mucho más allá de las materias primas. Abarca la robótica, la ingeniería mecánica, los semiconductores, la electricidad, la tecnología agrícola y el comercio de metales. Según datos de la Comisión Europea, en 2022 había casi 49 300 empresas en la Unión Europea bajo influencia o control chino.
Unas 31 900 de estas empresas estaban bajo control chino, en otras 9 000 era posible ejercer dicho control y 4 700 tenían socios minoritarios chinos. Solo en Alemania había 8 531 empresas. La definición de la Comisión incluye tanto a China como a Hong Kong. La cifra parece pequeña, ya que solo representa el 0,2 % de todas las empresas de la UE.
Lo que llama la atención es dónde se concentran estas participaciones. Según la Comisión Europea, el Estado chino controlaba 336 empresas del sector eléctrico y 84 del sector de los semiconductores, de las cuales 55 estaban en Alemania. Así pues, su influencia llega hasta ámbitos en los que la tecnología, la capacidad de producción y la seguridad del suministro son especialmente importantes.
Donde la influencia de China tiene un peso especial
Los siguientes casos muestran lo extendida que está esta presencia en el tejido industrial europeo y con qué frecuencia afecta a sectores sensibles.

No se trata de unas cuantas participaciones chinas en sectores secundarios de la economía. Su influencia llega a ámbitos sin los cuales la industria europea no puede funcionar: la transformación de materias primas, las tecnologías clave, el suministro energético, la agricultura y el comercio de metales críticos.
La propiedad es poder
Un propietario chino no tiene por qué cerrar una fábrica para ejercer su poder. Es él quien decide sobre las inversiones, la investigación y las patentes. Puede dar prioridad a otras fábricas o clientes a la hora de suministrar materias primas escasas. Cuando Europa no tiene una alternativa equivalente, una decisión empresarial se convierte en una vulnerabilidad política.
La excepción que la UE ha concedido a Kiev demuestra lo real que es esta dependencia. Ucrania puede destinar parte de un crédito europeo para defensa a la compra de componentes chinos para drones, porque los proveedores europeos u otros proveedores autorizados no pueden suministrar las piezas necesarias con la suficiente rapidez.
Precisamente por eso son tan difíciles las negociaciones con Pekín. Europa no puede simplemente adoptar una postura dura en cuestiones de seguridad, sanciones o prácticas comerciales desleales sin tener que pensar al mismo tiempo en las consecuencias para su propio suministro. Mientras las materias primas, los componentes y las etapas de producción importantes procedan de China, Europa no negociará desde una posición de fuerza. Por eso, contar con capacidades de producción propias, cadenas de suministro alternativas y reservas estratégicas no es sinónimo de aislamiento. Son el requisito previo para poder tratar a China como socio en serio y, si hace falta, incluso llevarle la contraria.
El precio de nuestra ingenuidad
Durante tres generaciones, Alemania ha vivido en la prosperidad. Esta prosperidad se apoyaba en tres pilares: energía barata, capacidad de innovación industrial y mercados abiertos con cadenas de suministro fiables. Las materias primas y los productos intermedios estaban disponibles cuando se necesitaban, y el mundo compraba lo que las empresas alemanas fabricaban con ellos. Ahora, esos cimientos empiezan a tambalearse. La energía barata ya no está, y las cadenas de suministro, que durante décadas funcionaron sin que nadie se lo planteara, se están convirtiendo en un factor de presión. Cuando faltan ambas cosas, la capacidad de innovación también se ve amenazada, ya que necesita materiales, capacidad productiva y seguridad en la planificación.
Solo la dependencia del gas ruso le ha costado a Europa mucho dinero, tiempo y margen de maniobra política. Y no es la única: en lo que respecta al uranio y los combustibles nucleares, Rusia sigue siendo un factor importante en algunas partes de la cadena de suministro europea. En materia de nube, software, inteligencia artificial y capacidades militares clave, Europa sigue dependiendo en gran medida de EE. UU. En muchas materias primas críticas y su procesamiento, China es el proveedor principal.
Estas dependencias pueden tener consecuencias graves: Europa podría dejar de decidir por sí sola cómo proteger su industria, su suministro energético o su seguridad.
Pero culpar a China por la dependencia en materia de materias primas e industrias clave no es la solución. Pekín se ha dado cuenta de estas lagunas y las ha aprovechado estratégicamente. Europa no ha sabido subsanarlas a tiempo.
Nuestro error radica en seguir tratando las capacidades estratégicas de producción y transformación como si fueran simples activos económicos.
Recuperar la soberanía
Una crisis no mejora nada de esto. La mejora empezará cuando Europa reconozca la incómoda realidad y vuelva a desarrollar sus propias alternativas: invirtiendo en proyectos de materias primas, transformación, reciclaje, reservas estratégicas y capacidad industrial.
Esto no significa autarquía ni aislamiento. Significa volver a ser capaces de actuar cuando los socios fallan, los mercados se ven bajo presión o los conflictos políticos convierten las cadenas de suministro en un arma.